Qué hacer cuando llega el fin del mundo. Parte: 16

Esto te da una simiente estupenda, o al menos eso crees tú. Bien. Lo siguiente en el razonamiento estúpido es pensar: “¡Eh! Tengo un ingeniero, un arquitecto, un ortodoncista, un filósofo y un presentador de informativos (por ejemplo). ¿Cómo no va a salir bien esto?”. Sí, sí, claro. A ver, tú estás pensando en los coches, los ordenadores, la era de la tecnología (típica de una civilización B-02) y en los avances en general que tan cómoda han hecho tu vida. La realidad es que, tras una semana con tu panda de genios, te das cuenta de que el periodista y el ingeniero no hacen más que discutir sobre si deben empezar por crear aparatos de fácil producción o por el contrario aquellos que sean más eficientes y que supongan un menor consumo de los recursos naturales. De igual modo, el arquitecto y el filósofo estarán discutiendo sobre cómo y dónde han de construirse las casas y si la prioridad es que sean acordes con el “chi” de quienes la van a habitar, o si han de ser resistentes y bien cimentadas. Finalmente, lo más seguro es que el ortodoncista y tú estéis dilucidando qué forma de gobierno es el más adecuado dada vuestra situación y el muy cretino, defienda que el “Mhugulisme” es lo más adecuado basándose en que es la mejor forma para las pequeñas sociedades ¡Será cretino!. ¿Es que no se ha dado cuenta que ya no tienes ningún consenso en el que se pueda llevar un registro de “Mhuguls”? ¿Qué te creías, que te ibas a poder dedicar toda tu vida a torturar a la gente y clavarles piezas metálicas en cualquiera de sus bocas? ¿¿¡¡Existe un oficio más inútil que el de un ortodoncista!!?? Si todos los ortodoncistas de cualquier civilización del universo se extinguieran, el único ser que lo lamentaría más que sus cónyuges por el consiguiente ingreso, serían las recepcionistas ineptas, que se quedarían, inexorablemente sin trabajo. Perdón. Me he desviado ligeramente del tema que estamos tratando. El caso, es que cuando habéis pasado algo más de una semana discutiendo todos contra todos, darías tu vida porque el ingeniero se pusiera de acuerdo con el periodista y consiguieran construir al menos, un microondas pequeñito o una cocina de gas. Desgraciadamente no es así y, tras una horrible devastación, ves que los que se suponen que son mentes prominentes, no son más que un atajo de inútiles y que, definitivamente, tu civilización estaba abocada a la destrucción. En ese momento es cuando, finalmente, acudes a una biblioteca, te derrumbas en una silla y piensas “¡Oh! ¡Qué tío más inteligente el que convirtió un montón de piedras en una pieza de metal!”.

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