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Arreglar o tirar

Siempre que pienso en esto, me acuerdo de una frase de “Un mundo feliz” de Aldous Huxley (libro icono que releo cada ciertos años): “A más remiendos menos dinero, a más remiendos menos dinero”, uno de los mensajes himnopédicos que repetían miles de veces a los niños para aleccionarles a tirar las cosas y favorecer el consumo

El caso es que cuando uno es se dedica a producir, da igual que sean piezas artísticas o colchones, este pensamiento cruza medio millón de veces por tu cabeza cuando alguna pieza no es exactamente lo que tú quieres, que en el caso de la cerámica tiene mil oportunidades: el horno te traiciona, la pieza se agrieta en el secado, el esmalte no ha quedado como te gustaría… ¿Lo tiro o lo arreglo?

El esmalte no era como yo quería, pero encontré otra forma de sacarle partido

Ahí, todos los artesanos y artistas somos partidarios, en principio, de arreglar en la medida de lo posible. Pero claro, al final, del producto que hagas depende tu imagen de marca y ahí es donde entra la parte difícil.

Si te dedicas a hacer botijos (sin ánimo de desmerecer) o piezas de bajo coste, que tengan algún fallo o alguna imperfección no tiene mayor importancia, al final se llevan lo que están pagando. El artesano es bueno y procura hacerlo lo mejor que sabe, pero tiene más manga ancha porque hace mil.

¿Qué pasa si no es así?

Si te dedicas a la pieza netamente artística o, como en el caso de nuestro taller, a hacer piezas más delicadas y pulidas en porcelana, que suponen un mayor esfuerzo para el fabricante y que el comprador va a valorar más, el margen de error es infinitamente menor.

Jamás olvidaré ver con 9 años a Ramon Fort, uno de los grandes ceramistas que tenemos en España (por si sentís curiosidad), hacer un montón de piezas de cristalizaciones (técnica de horno difícil donde las haya) y después tirar por lo menos una cuarta parte de la producción; suficiente como para llenar un carretillo de obra. Recuerdo preguntarle por qué las rompía y al decirme que era porque no estaban bien, pedirle que me regalara alguna, que eran preciosas y él responder que no podía, porque esas piezas no valían.

¡ESO ES DARLE IMPORTANCIA AL PRODUCTO!

No se trata de ser perfeccionista, sino de saber decir: Esto no es lo suficiente bueno para ponerle mi nombre.

Durante años y trabajando en diferentes disciplinas artísticas he recordado muchas veces ese momento y más o menos he encontrado una serie de conclusiones:

  • Tu trabajo puede no ser perfecto hoy, pero si no produces, no aprendes
  • Es necesario saber decir: “Ya he trabajado suficiente en esta obra” y no querer pulirla hasta el infinito
  • Si arreglar un trabajo te lleva la mitad de tiempo que hacerlo nuevo, tíralo
  • Es necesario saber decir: “Esta pieza no merece la pena” y desecharla
  • En arte no todo es lo que esperas, pero hace falta flexibilidad mental para ver si es igual de válido o mejor
  • El límite de calidad lo marcas tú. Piensa cuál es y qué precio tienes que poner a las piezas para que sea rentable.
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