huerto

¡Vuelve el huerto!

desde el altoAunque en otras partes de España hace tiempo que están ya recogiendo frutos, en Valladolid no es así… ni de broma. A veces echo en falta los tiempos de Andalucía, cuando en febrero te comías un helado con ganas porque te morías de calor, pero aquí los ciclos son más tardíos y eso, en cierto modo, hasta tiene su punto positivo.

Se acerca la época de la huerta y eso quiere decir que dentro de poco estaremos haciendo labores de huerto… Bueno; a decir verdad hay algunas que están hechas (cavar, abonar, quitar hierbas) y otras que no (plantar, principalmente), pero es que aún sigue helando y tampoco tengo ganas de trabajar en balde.

Lo que sí que sí ha llegado, es la época de los espárragos. En mi pequeña huerta, tengo plantadas unas cuantas matas que llevan años creciendo y reproduciéndose y dando fabulosos frutos. Como diría John Seymour: “¿Quién puede cansarse de semejante delicatessen?”. Yo no, os lo aseguro. Empiezan a salir tímidamente (hoy uno, mañana dos), pero en una semana sé que voy a tener más de los que puedo comer. Con la tierra bien preparada y algo de agua, la esparraguera es una planta muy muy agradecida… pero es que además he encontrado el complemento perfecto para él:

El diente de león.

el camino de la huertaSi no sabéis cuál es… bueno, es que no habéis tenido infancia 😉 El caso es que hace unas semanas fuimos a una charla muy interesante en San Pedro de Latarce en el que enseñaban a recolectar plantas silvestres y esta era una de ellas. Curiosamente, es sabroso, agradable, carnoso y se desperdicia por millones en las cunetas de cualquier camino, así que ¡A cogerlos se ha dicho!

Mientras vuelven y no los productos de la huerta (la primera lechuga ya la comí), voy a aprovechar todos estos productos silvestres que están al alcance de un paseo o una vuelta en bicicleta (o en moto, si hay prisa). En otoño y en primavera había setas, pero por suerte estas nos han durado gran parte del invierno. Después de estos días de lluvia, espero coger alguna más. Ahora tenemos espárragos, silvestres y de plantación, y todas estas plantitas silvestres que podemos aprovechar: Diente de león, cardillo, collejas, borrajas…

Con un poco de lluvia tendremos un festín vegetal y, bueno, si no sois vegetarianos como yo, ahora mismo os podréis poner las botas a caracoles, que están por tooooooodas partes.

¿Queréis un consejo?

Hablad con la gente mayor que haya alrededor que sepan de campo y seguro que os dan algunos consejos útiles. 😉

 

(Algún día os tengo que hablar de lo mucho silvestre y gratis que crece en una ciudad… pero eso ya será otro día)

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Un huerto en el corral

De las grandes ventajas que tiene vivir en un pueblo, está el hecho de que la mayoría de la comida es mucho más fresca de lo que sería en una ciudad; en parte porque todo lo que llega es más cercano, más artesanal y menos procesado, y en parte porque tienes otras posibilidades como la que os voy a contar ahora mismo.

Sí, eso es una hamaca y se está de vicio en ella

Hay algo que está muy claro. Si comes de todo, habrá cosas que te gusten más y cosas que menos (principalmente con el tema de las verduras); pero si eres vegetariano, como es mi caso, tener verduras frescas en casa de cultivo biológico es algo que valoras sobre cualquier cosa.

Cuando vine a vivir aquí hace algo más de un año, una de las cosas que me fascinó fue precisamente la generosidad de la gente del pueblo a la hora de compartir cosas de su huerto. Aquí, es fácil que cualquiera venga y te traiga unos calabacines, unos pimientos, unas cebollas o un cubo hasta arriba de ciruelas. Al ver esto, de las primeras cosas que yo pensé fueron: Yo quiero hacer lo mismo. Pues bien, con un poquito de planificación, buenos amigos, trabajo y algo de estudio, cualquiera puede hacerlo.

Como yo no tenía ni idea de por dónde empezar, antes de nada me pillé uno de esos libros que son referente en la agricultura doméstica: “El horticultor autosuficiente” (de John Seymour) y me lo leí de arriba haciendo especial hincapié en las que a mí más me gustaban. De paso, cogí a todos los agricultores de mi pueblo que encontré y les fui haciendo preguntas “tipo test” hasta que empecé a encontrar respuestas comunes y otras no tan comunes 😀

Después de preguntar mil veces cómo se podía tener un huerto “majo” en mi propio patio y de recibir mil respuestas sobre qué especies cultivar, dónde colocarlas, etc. ; decidí optar por la que me parecía más “accesible”. Fabriqué unos cajones de madera y los llené de tierra que traje de diferentes sitios… pero cuál fue mi sorpresa al descubrir que la gente a la que había preguntado estaba mucho más animada que yo para que tuviera un buen huerto y todos pusieron de su parte:

  • Me trajeron semillas
  • Me llevaron a comprar “sementijos” (matas pequeñas)
  • Me ayudaron a traer un remolque de tierra para volcarlo en mi casa
  • Y hasta me dieron mil consejos sobre cómo organizarlo

Vivo rodeado de gente maravillosa.

Este año, es posible que no sea el mejor huerto del mundo, que se quedaran muchas cosas por hacer y otras muchas que se podían haber mejorado, pero os puedo asegurar que cada vez que me como una acelga, un calabacín o doy a alguien algo de mi huerto, lo disfruto como un enano.

Casi me he hecho un master de agricultura en los últimos meses, así que si necesitáis ayuda, podéis contar conmigo.

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