Dublín

Duplicados (#Descontexto Dubliners)

Duplicados James Joyce (descontexto)Escuchando la insoportable perorata de su jefe sobre sus excesivamente largos almuerzos o su falta de atención en el trabajo, sólo hacía otra cosa que pensar en que esa noche había de emborracharse, mientras la vieja cabeza de huevo del que en otro tiempo fuera su amigo asomaba sobre una pila de papeles. Nada más salir del trabajo fue lo que hizo.

Bebía, ya tarde, ya con el bar cerrado y el último trago en la mano, cuando vió a aquellos jóvenes. Ella hermosa, él galante, caminando no demasiado lejos de él, que los observaba con descaro sin apenas verles. Se veía a la legua su deseo contenido, la coquetería comedida de ella y el galanteo reservado de él. Nada directo, nada evidente, pero le hizo recordar. Recordaba el día en que empezó su alegría y su desgracia.

Pensaba en aquel día que había ido a acompañar a su amigo, cuando aún era su amigo, en busca de aquella muchacha cuando ambos apenas rondaban los treinta. Era el día en que murió el viejo sacerdote, el que llevaba siempre la pechera manchada de rapé. Aquella muchacha regordeta y divertida, de mirada alegre, que trataba de vestir con estilo sin conseguirlo. Ella no le recordaba a la hermosa mujer que tenía delante.

Había dejado a su amigo tratando de conquistar los encantos de aquella muchacha, sin éxito, como supo después, y se había dedicado a vagar por Dublín. Sentado en otro bar, bebiendo cerveza de jengibre y comiendo chícharos, pensaba en su ruina. Era aún joven y soltero y aún podía casarse y conseguir un trabajo estable, una casa… pero no tenía nada de eso. Lo más que tenía eran unas monedas en su bolsillo, la casa de huéspedes en la que vivía y a aquella muchacha. Aquella muchacha deshonrada.

Claro que él en otro tiempo había sido más liberal, incluso había negado la existencia de Dios con sus amigos… pero ya no era un niño y hacía ya tiempo que no faltaba a las liturgias. Ella, tan hermosa, tan perfecta. Tal vez un poco vulgar. Y ahora todo el mundo lo sabría, Dublín era muy pequeño. ¿Debía casarse con ella? ¿Debía amarla o despreciarla?

Cuando finalmente se encontró con su amigo, era claro que no había conseguido nada de la chica regordeta, más bien todo lo contrario. Al despedirse y entrar en la casa de huéspedes, ella vino a su habitación. Se lo había confesado a su madre. Pronto todo el mundo lo sabría… su familia, su jefe, sus amigos. Todos se reirían de él. Aquella chica vulgar.

¡Me quitaré la vida!, le dijo y él lo tomó a broma. Igual de culpables eran ambos. Jamás pensó que lo haría. Pero lo hizo. Aquella chica adorable.

Ahora tenía un buen trabajo en el banco. Ahora era alguien.

Alguien sin ningún motivo para volver a casa.

>>Este es un capítulo del proyecto DES-CON-TEX-TO
basado en la obra de James Joyce “Dubliners”.
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